Querida hija, te extraño…
Cada octubre recuerdo tu rostro, porque de ser sincera, el tiempo se ha encargado de borrar aquellos pedacitos de memoria que compartía con la niña más bonita del mundo.
Tu voz, ya es inaudible para estos oídos tan gastados. Se quedó muda en el momento que decidí abandonarte… ahora, hace mas eco que nunca.
Y aunque lo he negado por tantos años, todavía aguardo tu regreso.
Hija mía, te necesito. Ahora estas manos son inmóviles para escribirte alguna carta en el que te exprese mis más sinceras disculpas; mis piernas ya se ven atadas a esta silla de ruedas. Pero sé, que mis ojos denotan esa tristeza que juré la cual no abordaría en mi vida.
A pesar de esto, no hay marcha atrás y moriré. Sin conocer a mis nietos, sin conocer a tu esposo. Y quizá cuando leas esto, te preguntes quién era tu madre. Si aquella que no asistió a tu graduación o tal vez aquella que te dio la espalda cuando estabas embarazada. Soy la misma, quien te llora a cada momento. La misma quien quisiera volver a sentir ese abrazo…
La misma que yace olvidada tras el cuidado ajeno. A la que se les olvidó dar afecto por más que el aparato exprese lo contrario, por más que este cuerpo ya no sirva para nada…