Porque este pedazo de carne siente, llora y ríe.
Porque no te apiadaste por ser endeble a este coraje muerto.
Habría que arrancarle la estaca clavada en su interior, pero la mía duele más.
Tendría que lavar mi propia herida a no ser que tenga dueño a la próxima…
La sangre yace en mi memoria. ¡Aquella que hasta en sueños estorba!
Y de vergüenza salpica a mi bronceado pelaje. Se extiende ante mis dudas.
Solo la noche es testigo de mis cristales, el cielo no bendice mi nombre.
Aquella estrella no cumplió con mi deseo, mis susurros inaudibles…
¡Me abandonó en este infierno! ¡Sin petición concebible!
Mi filosofía quedó estancada en los por qué de la vida, en los milagros.
¡Irremplazable sea este maldito dolor! Culpo a Dios por tener que ser yo.
¡Irrefutable pecado por tan noble oración!
Solo la hierba seca me acompaña, sin las distintas botas del día.
A veces sin agua y otras más sin comida… ¡Tan solo una cría!
¿Qué hice para merecer tal prisión? ¿Por qué corral blanco y no de marrón?
Voluntad asesinada y conciencia confundida. ¡Hasta custodiada!
A la venta quién pueda domarme. Precio fijado por ese ser innombrable….
Fuego extinto, ¡aire distinto! ¿Por qué enemigo mío?
¿Por qué sentir menos carga? Lugar vacío. ¡Sin apatías! ¡Sin amor prohibido!
¡Con aroma a la probable insistencia! Sin herraduras para no volver.
Veloz, ahora sé correr por las praderas… soy salvaje por naturaleza.
Nada de corrales para esta hermosa yegua. Libertad, feliz de poseerla.
¡Indomable!